Cuando eres visita en tu propia casa

Hace poco me quede pensando que lugar de mi casa es verdaderamente mío. Y ahora entiendo que todo comenzó en el momento que permití dormir a mis pajaritos en mi cama. Bueno, dormían ellos, porque yo todavía no entiendo como una persona de 2’2” pueden ocupar toda una cama y tu no te puedes mover porque quedas confinada a menos de un 1/3 de ella. La solución; un matress inflable que nunca vacías y ya es parte de ladecoración del cuarto, porque tienes miedo que se vaya la luz y termines perdiendo tu cama.

Por favor, podemos hablar de la cocina. Empiezas por guardar tus copas de martini para cambiarlas por potes de baby food. Luego guardas las copas de margaritas para poner las botellas y los sippy cups hasta que al final terminas comiendo en platos en forma de huevos de pascuas con el fondo de Spiderman. Ahhhhh, y no mencionemos la sala. Ese espacio donde en algún momento te sentabas a ver conciertos y Grey’s Anatomy, ahora solo hay juguetes como si hubiese explotado Toy r’ us en el mismo medio de ella, una cocina y una mansión de Barbie con muñecos de lucha libre. Me encanta recibir visitas y decirles “sorry por el reguero y los pelos de perro”, cuando en realidad estuvistes el día antes limpiando y recogiendo para que se viera “decente”. Ahora recibes visita de gente con niños para no sentirte juzgado. Haces que no te importa, pero hay días que quieres coger uno bolsa de basura (de esas negras gigantes de Costco) y botar todo incluyendo a los pigmeos con to’ y marido.

Es en ese momento cuando recuerdas que jamás tendrás la ropa en el closet acomodada por colores, ni los cd’s en orden alfabético, ni velas de 20 pesos en cada cuarto y esto porque simplemente paristes dos. 

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